image

APACIENTA A MIS OVEJAS

1 Y 2 DE PEDRO. Dado que nuestro estudio este trimestre se centra en 1 y 2 Pedro, estaremos leyendo las palabras de alguien que estuvo con Jesús en la mayoría de los momentos importantes de su ministerio...!

Segundo trimestre (abril-junio) de 2017

“Jesús en los escritos de Pedro”

Lección 8: – Para el 20 de mayo de 2017

 

Sábado 13 de mayo

Lee Para el Estudio de esta Semana: 1 Pedro 1:18, 19; Colosenses 1:13, 14; Isaías 53:1-12; Juan 11:25; Salmo 18:50; 2 Pedro 1:1.

Para Memorizar: “Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados” (1 Ped. 2:24).

En lo que hemos estudiado hasta aquí de 1 Pedro, ya debería haber quedado claro que, más allá del contexto y del tema que esté presentando, el enfoque de Pedro está en Jesús. Jesús permea todo lo que escribe; es el hilo dorado que recorre su epístola.

Desde la primera línea, donde Pedro dice que es un “apóstol” (“un enviado”) de Jesucristo, hasta la última, donde escribe: “Paz sea con todos vosotros los que estáis en Jesucristo” (1 Ped. 5:14), Jesús es el tema clave. Y en esta epístola, Pedro habla acerca de la muerte de Jesús como nuestro sacrificio. Habla del gran sufrimiento que experimentó Jesús y usa ese ejemplo como un modelo para nosotros. Habla sobre la resurrección de Jesús y lo que significa para nosotros. Además, habla acerca de Jesús no solamente como el Mesías, el Jristós, el “ungido”, sino también de Jesús como el Mesías divino. Es decir, en 1 Pedro vemos más evidencias de la naturaleza divina de Jesús: él era Dios mismo, que vino en carne humana, y vivió y murió para que nosotros pudiéramos tener la esperanza y la promesa de vida eterna.

Esta semana repasaremos 1 Pedro y veremos más de cerca lo que revela acerca de Jesús.

 

Domingo 14 de mayo:

Jesús, nuestro sacrificio

Uno de los temas que permean la Biblia entera, inclusive el tema por excelencia, es la obra de Dios en salvar a la humanidad caída. Desde la caída de Adán y Eva en Génesis hasta la caída de Babilonia en Apocalipsis, las Escrituras, de un modo u otro, revelan la obra de Dios en buscar y salvar “lo que se había perdido” (Luc. 19:10). Y este tema está presente también en las epístolas de Pedro.

Lee 1 Pedro 1:18 y 19; y Colosenses 1:13 y 14. ¿Qué significa ser redimido, y qué tiene que ver la sangre con la redención?

Primera de Pedro 1:18 y 19 describe la importancia de la muerte de Jesús de este modo: “Sabiendo que fuisteis rescatados […] no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Hay dos imágenes clave en estas palabras: redención y sacrificios animales.

Redención se utiliza en la Biblia de varias maneras. Por ejemplo, el asno primogénito (que no podía ser sacrificado) y el hijo primogénito (Éxo. 34:19, 20) eran redimidos por el sacrificio de un cordero sustituto. Podía utilizarse dinero para comprar nuevamente (redimir) aquello que había sido vendido a causa de la pobreza propia (Lev. 25:25, 26). Pero, más importante aún, un esclavo podía ser redimido (Lev. 25:47-49). Primera de Pedro informa a los lectores que el costo para comprarnos nuevamente, redimirnos, de “vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres” (1 Ped. 1:18) no fue nada menos que la “sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:19). La imagen del cordero, por supuesto, evoca el concepto de sacrificios animales.

Pedro compara así la muerte de Cristo con un sacrificio animal en la Biblia hebrea. El pecador traía una oveja sin mancha al Santuario. Luego, posaba sus manos sobre el animal (Lev. 4:32, 33). El animal era degollado, y un poco de su sangre se colocaba sobre el altar; el resto era derramado en la base del altar (Lev. 4:34). La muerte del animal del sacrificio proveía “expiación” por aquel que ofrecía el sacrificio (Lev. 4:35). Pedro está diciendo que Jesús murió en nuestro lugar y que su muerte nos redimió de nuestra antigua vida y de la perdición que, de otro modo, sería nuestra.

El hecho de que nuestra esperanza de salvación existe solamente en un sustituto castigado en nuestro lugar, ¿qué nos enseña sobre nuestra dependencia completa de Dios?

 

Lunes 15 de mayo:

La pasión de Cristo

Los cristianos a menudo hablan acerca de “la pasión de Cristo”. La palabra pasión proviene de un verbo griego que significa “sufrir”, y la frase “la pasión de Cristo” generalmente se refiere a lo que sufrió Jesús en el periodo final de su vida, comenzando con la entrada triunfal en Jerusalén. Pedro se explaya en el tema del sufrimiento de Cristo en esos últimos días.

Lee 1 Pedro 2:21 al 25; e Isaías 53:1 al 12. ¿Qué nos dicen estos versículos acerca de lo que Jesús sufrió por nosotros?

Hay una importancia particular en el sufrimiento de Jesús. Él llevó “nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero [una referencia a la cruz; cf. Hech. 5:30], para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 Ped. 2:24). El pecado trae muerte (Rom. 5:12). Como pecadores, merecemos morir. Sin embargo, el perfecto Jesús, que no tuvo engaño en su boca (1 Ped. 2:22), murió en nuestro lugar. En ese intercambio, tenemos el plan de salvación.

Lee Isaías 53:1 al 12 nuevamente. Según estos versículos, ¿qué sufrió Jesús al concretar el plan de salvación en nuestro favor? ¿Qué nos dice esto sobre el carácter de Dios?

“Con fieras tentaciones, Satanás torturaba el corazón de Jesús. El Salvador no podía ver a través de los portales de la tumba. La esperanza no le presentaba su salida del sepulcro como vencedor ni le hablaba de la aceptación de su sacrificio por el Padre. Temía que el pecado fuese tan ofensivo para Dios que su separación resultase eterna. Sintió la angustia que el pecador sentirá cuando la misericordia no interceda más por la raza culpable. El sentido del pecado, que atraía la ira del Padre sobre él como substituto del hombre, fue lo que hizo tan amarga la copa que bebía el Hijo de Dios y quebró su corazón” (DTG 701).

¿Cuál debiera ser nuestra respuesta a lo que soportó Cristo por nosotros? ¿De qué modo hemos de seguir su ejemplo, tal como dice 1 Pedro 1:21?

 

Martes 16 de mayo:

la resurrección de Jesús

Lee 1 Pedro 1:3, 4 y 21; y 3:21; Juan 11:25; Filipenses 3:10 y 11; y Apocalipsis 20:6. ¿Qué gran esperanza nos señalan estos textos, y que significa para nosotros?

Como ya hemos visto, 1 Pedro está dirigida a aquellos que están sufriendo por causa de su fe en Jesús. Entonces, es muy apropiado que, justamente al inicio de su carta, Pedro oriente la atención de sus lectores a la esperanza que les espera. Como dice Pedro, la de un cristiano es una esperanza viva, precisamente porque es una esperanza que descansa sobre la resurrección de Jesús (1 Ped. 1:3). Gracias a la resurrección de Jesús, los cristianos pueden esperar una herencia en el cielo que no perecerá ni se desvanecerá (1 Ped. 1:4). En otras palabras, no importa cuán difícil se ponga nuestra situación, piensa en lo que nos espera cuando todo termine.

De hecho, la resurrección de Jesús de los muertos es una garantía de que nosotros también podemos ser resucitados (1 Cor. 15:20, 21). Como lo dice Pablo: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Cor. 15:17). Pero, la resurrección de Jesús de entre los muertos nos ha mostrado que tiene el poder de conquistar la muerte misma. Así, la esperanza del cristiano se basa en el evento histórico de la resurrección de Cristo, que es el fundamento de la nuestra al fin del tiempo.

¿Dónde estaríamos sin esta esperanza, sin esta promesa? Todo lo que hizo Cristo por nosotros culmina en la promesa de la resurrección. Sin eso, ¿qué esperanza tendríamos nosotros, especialmente considerando que sabemos que, contrariamente a la creencia popular cristiana, los muertos están en un estado de sueño inconsciente en la tumba?

“Para el cristiano, la muerte es tan sólo un sueño, un momento de silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios y ‘cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria’ […]. En su segunda venida, todos los preciosos muertos oirán su voz y surgirán a una vida gloriosa e inmortal” (DTG 731).

Piensa en la aparente irrevocabilidad de la muerte. Es tan dura, tan implacable y tan real. ¿Por qué, entonces, la promesa de la resurrección es tan importante para nuestra fe y para todo lo que creemos y esperamos?

Miércoles 17 de mayo:

Jesús como el Mesías

Como vimos anteriormente, uno de los puntos de inflexión en el ministerio terrenal de Jesús ocurrió cuando, en respuesta a una pregunta en cuanto a quién era él, Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mat. 16:16). La palabra Cristo (Jristós, en griego), significa “el ungido”, el “Mesías”; en hebreo es Mashiaj. Proviene de una raíz que significa “ungir”, y es un término que, en el Antiguo Testamento, se utiliza en diversos contextos (inclusive se usó, en Isa. 45:1, para señalar a un rey pagano, Ciro). Así, cuando Pedro llamó a Jesús “el Cristo”, estaba utilizando una palabra que expresa un ideal derivado de las Escrituras hebreas.

Lee los siguientes textos del Antiguo Testamento, donde se utiliza la palabra Mesías o ungido. ¿Qué nos enseña el contexto acerca de su significado? ¿De qué manera pudo haber entendido Pedro lo que significaba “el Mesías” cuando le dio ese nombre a Jesús? Sal. 2:2; Sal. 18:50; Dan. 9:25; 1 Sam. 24:6; Isa. 45:1.

Pedro había sido inspirado por el Señor para declarar que Jesús era el Mesías (Mat. 16:16, 17), y no caben dudas de que no comprendía plenamente lo que eso significaba. No entendía quién era exactamente el Mesías, qué misión debía llevar a cabo y, quizá más importante, de qué modo lo debía hacer.

Pedro no estaba solo en esa falta de entendimiento. Había muchas ideas diferentes en Israel acerca del Mesías. En sí mismos y por sí mismos, los usos de la palabra Mesías o ungido en los textos de arriba no presentan el cuadro completo, por mucho que puedan vaticinar lo que sería y haría, en última instancia, el Mesías.

Juan 7:40 revela un poco de lo que se esperaba del Mesías: descendería de David, del pueblo de Belén (Isa. 11:1-16; Miq. 5:2). Esa parte la entendieron correctamente. En la imaginación popular, sin embargo, un Mesías del linaje de David haría lo mismo que David: vencer a los enemigos de los judíos. Lo que nadie esperaba era un Mesías que sería crucificado por los romanos.

Por supuesto, para el tiempo en que escribió su epístola, Pedro entendía con mayor claridad que Jesús era el Mesías (en 1 y 2 Pedro, lo llama Jesucristo quince veces) y todo lo que había hecho por la humanidad.

 

Jueves 18 de mayo:

Jesús, el Mesías divino

Pedro sabía no solamente que Jesús era el Mesías, sino que también era el Señor. Es decir, para cuando escribió sus epístolas, Pedro sabía que el Mesías era Dios mismo. Aunque el título “Señor” puede tener un significado secular, también puede ser una clara referencia a la divinidad. Tanto en 1 Pedro 1:3 como en 2 Pedro 1:8, 14 y 16, Pedro se está refiriendo a Jesús –el Mesías, el Cristo– como el Señor, Dios mismo.

Al igual que otros escritores del Nuevo Testamento, Pedro describe la relación entre Jesús y Dios con las palabras Padre e Hijo. Por ejemplo: “Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo” (1 Ped. 1:3; cf. 2 Ped. 1:17). Se describe a Jesús como el Hijo amado (2 Ped. 1:17); y algo de la autoridad de Jesús como Señor, y su estatus celestial, viene de esta relación especial que tiene con Dios el Padre.

Lee 2 Pedro 1:1; y Juan 1:1; y 20:28. ¿Qué nos dicen estos textos acerca de la divinidad de Jesús?

Segunda de Pedro 1:1 dice: “Nuestro Dios y Salvador Jesucristo”. En el original griego, el mismo artículo definido (es decir, “el”) es utilizado tanto para Dios como para Salvador. Gramaticalmente, esto significa que tanto “Dios” como “Salvador” se utilizan para referirse a Jesús. Segunda de Pedro 1:1 es, entonces, una de las indicaciones muy claras, en el Nuevo Testamento, de la plena divinidad de Jesús.

Mientras los primeros cristianos se esforzaban por entender a Jesús fueron, gradualmente, uniendo las piezas de evidencia del Nuevo Testamento. En los escritos de Pedro, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son presentados distintivamente (por ejemplo, Padre/Hijo: 1 Ped. 1:3; 2 Ped. 1:17. Espíritu Santo: 1 Ped. 1:12; 2 Ped. 1:21), al igual que en el resto del Nuevo Testamento. Sin embargo, al mismo tiempo, Jesús es presentado como plenamente divino, igual que el Espíritu Santo. Con el tiempo, y después de mucha discusión, la iglesia desarrolló la doctrina de la trinidad para explicar lo mejor posible el misterio divino de la Deidad. Los adventistas del séptimo día incluyen la doctrina de la trinidad como una de sus 28 creencias fundamentales. Así, vemos en Pedro una presentación clara de Jesús, no solamente como el Mesías, sino también como Dios mismo.

Cuando piensas en la vida y la muerte de Jesús, y luego te percatas de que él era Dios, ¿qué te dice eso sobre cómo es el Dios al que servimos, y por qué debiéramos amarlo y confiar en él? Lleva tu respuesta a la clase el sábado.

 

Viernes 19 de mayo

Para Estudiar y Meditar:

“Parece lógico comenzar con ‘Mesías’, puesto que la iglesia cristiana debe su nombre al equivalente griego Jristós, el ‘Ungido’. La palabra hebrea se refiere a la figura del libertador a quien los judíos esperaban y que sería el agente de Dios en la inauguración de una nueva era para el pueblo de Dios. Los términos hebreo y griego derivan de raíces que significan ‘ungir’. Evidentemente, al llamarlo ‘Cristo’, los escritores del Nuevo Testamento consideraban a Jesús como apartado en forma especial para una tarea particular.

“El título Jristós aparece más de 500 veces en el Nuevo Testamento. Aunque había más de un concepto de mesianismo entre los contemporáneos de Jesús, se reconoce generalmente que, en el siglo I, los judíos habían llegado a considerar al Mesías como alguien que estaba en una relación especial con Dios. Él introduciría el fin de los siglos, cuando se establecería el Reino de Dios. Era aquel a través de quien Dios irrumpiría en la historia para la liberación de su pueblo. Jesús aceptó el título ‘Mesías’, pero no estimuló su uso porque el término estaba cargado de implicancias políticas que hacían difícil su empleo. Aunque renuente a valerse de él en público para describir su misión, Jesús no reprendió ni a Pedro (Mat. 16:16, 17) ni a la mujer samaritana (Juan 4:25, 26) por usarlo. Sabía que él era el Mesías, como se ve en el informe de Marcos de las palabras de Jesús en cuanto a dar a cada uno de sus discípulos un vaso de agua ‘porque son de Cristo y llevan su nombre’ (Mar. 9:41)”.–Tratado de teología adventista del séptimo día, p. 188.

Preguntas para Dialogar:

  1. Lee Isaías 53:1 al 12. Según esos textos, ¿qué ha hecho Jesús por nosotros? Anota cosas específicas que él ha hecho por nosotros. ¿De qué maneras podemos ver claramente en estos textos el concepto de Jesús como nuestro sustituto? ¿Por qué lo necesitamos como nuestro sustituto?
  2. A lo largo de la historia, algunos han utilizado la promesa bíblica de una vida en el más allá para ayudar a mantener oprimido al pueblo. Bueno, sí, tu vida es difícil aquí y ahora, pero enfócate en lo que Dios ha prometido para nosotros cuando Jesús regrese. Dado que esta verdad, presentada en la Palabra de Dios, ha sido mal usada con abuso en el pasado, muchos rechazan la noción cristiana de una vida en el más allá; más bien, lo ven meramente como una artimaña creada por algunos para oprimir a otros. ¿De qué forma responderías a esa acusación?
  3. En la clase, repasen las respuestas a la pregunta del jueves acerca de la divinidad de Cristo y qué nos dice sobre el carácter de Dios. ¿Por qué su divinidad y lo que revela acerca de Dios son tan buenas nuevas?