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Lección 3: “Soportar la tentación”

Para el 18 de octubre de 2014

 

Sábado 11 de octubre

Lee Para el Estudio de esta Semana: Santiago 1:12-21; Salmos 119:11; Génesis 3:1-6; Tito 3:5-7; Romanos 13:12; Efesios 4:22.

  • Para Memorizar: “Bienaventurado el varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido la prueba, recibirá la corona de vida, que Dios ha prometido a los que le aman” (Sant. 1:12).

Todos lo hemos experimentado. Resolvemos no ceder a la tentación, pero en el calor de la batalla, esa resolución se derrite y –para vergüenza y desprecio propio− caemos en pecado. A veces, cuanto más nos concentramos en no pecar, más impotentes nos sentimos, y más desesperada parece nuestra condición. Nos preguntamos si realmente somos salvos. Todo cristiano se ha preguntado acerca de su propia salvación, especialmente justo después de haber caído en pecado.

Afortunadamente, podemos tener la victoria sobre las tentaciones que tan fácilmente nos entrampan. Todos, no importa cuán envueltos estemos en pecado, tenemos esperanza, pues nuestro “Padre de las luces” (Sant. 1:17) es mayor que nuestra inclinación al mal, y solo en él y por su palabra podemos tener la victoria.

Ese es el mensaje que estudiaremos esta semana. Claro, las tentaciones y el pecado son reales, y la batalla contra el yo es muy real. Pero Dios también es real, y por medio de él podemos más que vencer las tentaciones que desean destruirnos.

 

Domingo 12 de octubre:

La raíz de la tentación

Lee Santiago 1:13, 14. ¿Por qué es importante saber que Dios no tienta a ninguno? ¿Dónde se origina la tentación, y cómo puede ayudarnos este conocimiento en nuestra lucha con el pecado?

Santiago es enfático. No solo Dios no es el autor del mal, sino tampoco es la fuente de la tentación. El mal mismo es la cuna de la tentación. De acuerdo con este pasaje, el problema reside dentro de nosotros, y por eso es tan difícil de resistir.

De este modo, la batalla contra el pecado comienza en la mente. Aunque muchos no quieran oírla, la verdad es que nosotros elegimos pecar. Nadie puede forzarnos (Rom. 6:16-18). Los deseos, las inclinaciones y las propensiones pecaminosas capturan constantemente nuestra atención. Al usar términos comunes de la caza y la pesca, Santiago 1:14 describe esas incitaciones. Nuestros propios deseos nos atraen y nos seducen, y cuando cedemos a ellos, finalmente nos enganchan y atrapan.

Lee Efesios 6:17, Salmos 119:11 y Lucas 4:8. ¿Qué tema común se ve en estos textos, y cómo se relacionan con el tema de la victoria sobre la tentación?

En los pasajes de Santiago, éste separa claramente la tentación del pecado. Ser tentado desde adentro no es pecado. Aun Jesús fue tentado. El problema no es la tentación misma, sino cómo respondemos a ella. Tener una naturaleza pecaminosa no es, en sí misma y por sí misma, pecado; sin embargo, permitir que la naturaleza pecaminosa controle nuestros pensamientos y dicte nuestras elecciones eso sí lo es. Por eso, tenemos las promesas que se encuentran en la Palabra de Dios, que nos ofrecen la seguridad de la victoria, si las reclamamos para nosotros, y nos aferramos a ellas con fe.

Medita en la idea de que el pecado es siempre una elección nuestra. (Después de todo, si no fuera nuestra propia elección, ¿cómo podríamos ser condenados por elegirla?) ¿Qué cosas podemos hacer a nivel práctico y diario que nos puede impedir hacer elecciones equivocadas?

 

Lunes 13 de octubre:

Cuando la concupiscencia concibe

Lee Santiago 1:13 al 15. ¿Cuándo una tentación llega a ser pecado?

Se usan varias palabras griegas para describir cómo comienza el pecado, todas conectadas con dar a luz. Cuando se nutre un deseo equivocado, el pecado “es concebido”, como un bebé. “Y el pecado, cuando ha crecido, da a luz la muerte” (Sant. 1:15, traducción literal del autor).

El cuadro es paradójico. El proceso que debe dar vida resulta en muerte (comparar con Rom. 7:10-13). El pecado, como el cáncer, se adueña del cuerpo y lo consume. Todos lo sabemos, porque todos fuimos arruinados por el pecado. Nuestros corazones son malos, y no podemos cambiarlos.

Lee Génesis 3:1 al 6. La experiencia de Eva ilustra vívidamente el conflicto con el pecado. ¿Qué pasos la condujeron al pecado?

El pecado comienza con desconfiar en Dios. Satanás usa el mismo método con el cual engañó a un tercio de los ángeles (Apoc. 12:4, 7-9): puso dudas en Eva acerca del carácter de Dios (Gén. 3:1-5). Acercarse al árbol prohibido no era pecado, pero tomar y comer su fruto sí lo era. Pensamientos equivocados tal vez precedieron su acto (Gén. 3:6). Ella adoptó las sugerencias de Satanás como propias.

El pecado siempre comienza en la mente. Como Eva, podemos pensar en sus supuestos “beneficios”. Luego la imaginación y los sentimientos se hacen cargo, y pronto caemos en pecado.

A menudo nos preguntamos cómo pudo suceder. La respuesta es fácil: nosotros dejamos que suceda. Nadie nos forzó a pecar.

“Por la oración ferviente y una fe viviente podemos resistir los asaltos de Satanás, y mantener nuestros corazones sin mancha de contaminación.

“La tentación más poderosa no es una excusa para pecar. Por grande que sea la presión sobre el alma, la transgresión es siempre un acto nuestro. Ni la tierra ni el infierno tienen poder para obligar a ninguno a pecar. La voluntad tiene que consentir, el corazón tiene que ceder, o la pasión no puede sobreponerse a la razón, ni la iniquidad triunfar sobre la justicia” (ST, “Christian Privileges and Duties”, 4 de octubre de 1883).

 

Martes 14 de octubre:

Toda buena dádiva y todo don perfecto

“Amados hermanos míos, no erréis. Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación” (Sant. 1:16, 17).

Aunque el pecado dé a luz la muerte, Dios es la fuente de la vida. Él es el “Padre de las luces” (Sant. 1:17), una referencia a la Creación (Gén. 1:14-18). Dios nos da a luz a una nueva vida, que es el regalo más grande que podemos recibir “de lo alto” (comparar Sant. 1:17 con Juan 3:3).

Como Pablo, quien habla de la salvación como el resultado de la gracia de Dios (Rom. 3:23, 24; Efe. 2:8; 2 Tim. 1:9), Santiago 1:17 llama a la salvación una “dádiva”. Pero más, en el versículo siguiente Santiago deja bien claro que la salvación, este nuevo nacimiento, es el resultado del propósito y la voluntad de Dios para nosotros: “Por su propia voluntad nos hizo nacer mediante la palabra de verdad” (Sant. 1:18, NVI). Es decir, Dios quiere que seamos salvos. Era su voluntad, aun desde antes de que existiéramos, que tuviéramos la salvación y una vida nueva en él ahora y por toda la eternidad.

¿Cómo se compara la representación de Santiago con la descripción de Pablo y de Pedro del nuevo nacimiento? Ver Tito 3:5 al 7; 1 Pedro 1:23.

Jesús, Pablo, Pedro y Santiago: todos conectan la salvación con el nuevo nacimiento. Todo el propósito de Dios en el plan de la redención es reconectar a los seres humanos, golpeados por el pecado y quebrados, con el cielo. El abismo era tan grande y ancho que nada que los humanos pudieran hacer sería capaz de cruzarla. Solo la Palabra de Dios, en forma humana, Jesús, podía reconectar el cielo con la tierra. La Palabra inspirada (2 Tim. 3:16) es singularmente capaz de inspirar vida espiritual en aquellos cuyos corazones están abiertos para recibir el don.

O sea, nuestro “Padre de las luces” nos ama tanto que, aún sin ser no merecedores, nos da “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Sant. 1:17), el mejor de todos los dones, Jesús, y el nuevo nacimiento que él ofrece.

¿Cuáles son los dones que te fueron dados “de lo alto”? ¿Por qué es tan importante meditar en ellos? ¿Qué sucede si no lo hacemos?

 

Miércoles 15 de octubre:

Tardo para hablar

Lee Santiago 1:19, 20. ¿Qué punto importante se presenta aquí?

La Palabra de Dios tiene poder, pero también lo tienen las palabras humanas. ¿Cuán a menudo hemos dicho palabras que más tarde hubiéramos querido poder retirar? Desafortunadamente, solo percibir cuán dañinas pueden ser palabras equivocadas, y cuán destructiva es la ira, poco nos ayuda a sujetarnos bajo control. Dejados a nuestras propias iniciativas, nunca podemos cambiar realmente. Por esto necesitamos escuchar más a Dios y permitirle que obre en nosotros.

“Cuando toda otra voz calla, y tranquilos esperamos en su presencia, el silencio del alma hace más perceptible la voz de Dios. ´Él nos pide: ‘Estad quietos y conoced que yo soy Dios’ (Sal. 46:10)” (MC 37).

En contraste, surgen problemas cuando dejamos de escuchar a Dios y los unos a los otros. Sea en el hogar, en el trabajo o en la iglesia, siguen las discusiones cuando dejamos de escuchar. Cuando eso sucede, el hablar comienza a acelerarse y aumenta la ira. Estas comunicaciones pecaminosas, como los deseos interiores no controlados de Santiago 1:14, 15, nunca podrán producir la justicia de Dios.

Por esto Santiago pone lado a lado la justicia de Dios y la ira humana. Mientras dependamos de lo que surge de nuestras naturalezas pecaminosas, el poder creativo de la Palabra de Dios se bloquea y nuestras propias palabras, que no ayudan y a veces hacen doler, surgen en su lugar. No es extraño que después de hablar acerca de todo lo que el “Padre de las luces” hace por nosotros al darnos una vida nueva, Santiago dice que seamos cuidadosos con lo que decimos.

¿Qué nos enseñan los siguientes pasajes acerca de las palabras? Prov. 15:1; Isa. 50:4; Efe. 4:29; 5:4; Col. 4:6.

Piensa en la última vez que alguien te devastó con sus palabras. La profundidad de las emociones que sentiste debería mostrarte cuán poderosas pueden ser las palabras, para el bien o para el mal. ¿Qué puedes hacer para mantener tus palabras bajo control? ¿Por qué es tan importante pensar antes de hablar?

 

Jueves 16 de octubre:

Salvados por recibir

Lee Santiago 1:21. ¿Qué función tiene la “palabra” en lo que Santiago está diciendo?

Este versículo concluye todo lo que ha dicho hasta aquí sobre la fe y la salvación. Es una apelación de poner a un lado toda impureza y separarnos de la maldad. La orden “desechar” se usa siete de las nueve veces en el Nuevo Testamento para separarse de los malos hábitos que no tienen lugar en una vida sometida a Cristo (Rom. 13:12; Efe. 4:22, 25; Col. 3:8; Heb. 12:1; 1 Ped. 2:1). También puede referirse a quitarse la ropa (Hech. 7:58), y puede implicar el sacarse los “trapos de inmundicia” del pecado (comparar con Isa. 64:6). De hecho, la palabra “inmundicia” aparece en Santiago como los “trapos de inmundicia” de los pobres en contraste con la vestimenta brillante y limpia de los ricos (Sant. 2:2). Como Jesús, Santiago censura la tendencia humana de estar muy preocupado con la apariencia exterior, porque Dios se interesa por sobre todo con la condición de nuestros corazones.

En la traducción griega del Antiguo Testamento, la palabra inmundicia (rupáros) se usa solo en un pasaje: Zacarías 3:3, 4, donde Josué, el sumo sacerdote, representa al Israel pecador. Dios quita la vestimenta sucia del sumo sacerdote y lo viste con un manto limpio, que simboliza el perdón y la purificación de Israel.

Esta escena es muy diferente de la imagen cristiana que  vemos de Jesús, poniendo un manto blanco limpio sobre la vestimenta sucia y manchada del pecador. ¿Quién haría eso en la vida real? Nadie se pone ropa limpia encima de la sucia. Del mismo modo en Zacarías, la ropa sucia es quitada antes de que se le ponga el manto limpio. Esto no significa que debemos estar sin pecado antes de que podamos ser vestidos con la justicia de Cristo. Si eso fuera cierto, ¿quién podría ser salvo? Tampoco significa que, después de aceptar a Jesús, perdemos la salvación si caemos en el pecado. En cambio, significa que debemos entregarnos completamente a él, eligiendo morir a nuestros caminos pecaminosos y permitirle crearnos a su imagen. El perfecto manto de justicia de Cristo entonces nos cubrirá.

Lee Santiago 1:21. ¿Cómo puedes aplicar esto en tu vida? ¿Qué significa que la Palabra esté “implantada” en tu corazón, y cómo puedes hacerlo?

 

Viernes 17 de octubre

Para Estudiar y Meditar:

Lee acerca del pecado y del poder para cambiar, en El camino a Cristo, “Un poder misterioso que convence”, pp. 21-35, y resume los puntos principales.

“El plan de redención contempla nuestro completo rescate del poder de Satanás. Cristo separa siempre del pecado al alma contrita. Vino para destruir las obras del diablo, y ha hecho provisión para que el Espíritu Santo sea impartido a toda alma arrepentida, para guardarla de pecar” (DTG 277).

“Si habéis aceptado a Cristo como a vuestro Salvador personal, habéis de olvidar vuestro yo, y tratar de ayudar a otros. Hablad del amor de Cristo, de su bondad. Cumplid con todo deber que se presente. Llevad la carga de las almas sobre vuestro corazón, y por todos los medios que estén a vuestro alcance tratad de salvar a los perdidos. A medida que recibáis el Espíritu de Cristo –el espíritu de amor desinteresado y de trabajo por otros−, iréis creciendo y dando frutos Las gracias del Espíritu madurarán en vuestro carácter. Se aumentará vuestra fe, vuestras convicciones se profundizarán, vuestro amor se perfeccionará. Reflejaréis más y más la semejanza de Cristo en todo lo que es puro, noble y bello” (PVGM 47).

Preguntas para Dialogar:

  1. Piensa más en la realidad del poder de las palabras. ¿Por qué son tan poderosas? ¿Cómo puede el lenguaje ser tan fácilmente manipulado? ¿Cuán a menudo cómo decimos algo o lo escribimos es tan importante, o aún más importante, que lo que decimos o escribimos?
  2. De todos los dones que recibiste “de lo alto”, ¿cuál es el mayor, y por qué?
  3. Lee Santiago 1:12 al 21. ¿Cuál es el mensaje esencial allí? ¿Qué esperanzas y promesas hay allí para nosotros?
  4. La concupiscencia da a luz el pecado, y el pecado da a luz la muerte. ¿Por qué, con tanto en juego delante de nosotros, no tenemos las victorias que deberían ser nuestras? ¿De qué modo racionalizamos el pecado, y por qué ese es un juego mental muy peligroso?
  5. Lee la última declaración de Elena G. de White arriba. ¿Qué consejo vital se encuentra allí, especialmente para quienes pueden estar vacilando en su fe?
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