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Tercer trimestre (julio-septiembre) de 2014

“Cómo ser salvo”

Lección 5:  Para el 2 de agosto de 2014

 

Sábado 26 de julio

Lee Para el Estudio de esta Semana: Lucas 5:27-32; 13:1-5; Mateo 22:2-14; Zacarías 3:1-5; Juan 8:30, 31; Lucas 14:25-27.

Para Memorizar: “Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:14, 15).

Cuando los israelitas comenzaron a ser mordidos por las serpientes en el desierto, Dios dijo a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la colocase en un asta para que todo el que fuera mordido pudiese mirarla y vivir.

¿Qué propiedades curativas puede tener una serpiente de bronce? Ninguna. La curación venía solo de Dios. Mirando la serpiente de bronce, los israelitas demostraban fe en Dios como su única esperanza de vida y salvación.

Dios quería enseñarles una lección espiritual. Paradójicamente, transformó un símbolo de muerte en un símbolo de vida. Aquella serpiente de bronce era un símbolo de Cristo, que cargó con nuestros pecados para salvarnos (2 Cor. 5:21). Por fe podemos mirar a Cristo en la cruz y encontrar curación de la mordedura mortal de la serpiente antigua, Satanás. En caso contrario, estamos destinados a morir en nuestros pecados. Somos pecadores necesitados de la gracia que se nos ha ofrecido en Cristo Jesús.

Esta semana consideraremos las enseñanzas de Jesús con respecto a los sencillos pasos prácticos para ser salvos.

 

Domingo 27 de julio:

Reconocer nuestra necesidad

Lee Lucas 5:27 al 32. ¿Cómo puedes saber a qué grupo perteneces?

Hay muchas personas sanas físicamente que “no tienen necesidad de médico”. ¿Quién, sin embargo, está realmente sano espiritualmente? De todos los seres humanos, “no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Sal. 14:3); nadie es justo por sí mismo (Rom. 3:10). Podemos realizar algunas acciones moralmente buenas, pero no podemos hacernos justos ante Dios. Por eso, al decir que no había venido “a llamar a justos”, Jesús se estaba refiriendo a los fariseos, que pensaban que eran justos si bien no lo fueran. Lamentablemente, aunque pensaban que estaban bien con Dios, estaban ciegos espiritualmente (Juan 9:40, 41).

El primer paso para recibir la curación del pecado es reconocer nuestra condición de pecadores y nuestra total incapacidad para sanarnos a nosotros mismos. Pero ¿cómo podemos ver nuestra necesidad real si estamos ciegos? ¿De qué manera podemos reconocer que somos pecadores si son precisamente, nuestros pecados lo que nos impide percibir nuestra verdadera condición?

¿De qué forma pueden ser abiertos nuestros ojos espirituales de modo que reconozcamos nuestra desesperada necesidad de un Salvador? Juan 16:8.

El único colirio que puede hacernos ver nuestro estado espiritual es el Espíritu Santo. Antes que cualquier otra obra que él pueda hacer por nosotros, tiene que convencernos de pecado. Persistentemente, llama a nuestra consciencia a fin de producir en nosotros una percepción ineludible de nuestros pecados y un profundo sentido de culpabilidad, que nos inducirá a anhelar un Salvador. Cuando escuchamos ese llamado, debemos obedecerlo; de otra manera, tarde o temprano, nos endureceremos contra el Espíritu Santo de tal modo que no habrá nada que pueda hacer por nosotros. ¡Qué pensamiento aterrador!

Aunque la culpa a menudo es algo malo, ¿de qué manera el Espíritu Santo ha podido usarla para tu propio crecimiento espiritual?

 

Lunes 28 de julio:

Arrepentirse

El reconocimiento de nuestros pecados no es suficiente para nuestra salvación, a menos que esté acompañado por el arrepentimiento. Bíblicamente, arrepentirse incluye tres aspectos: reconocer que hemos pecado, sentir tristeza por haberlo hecho y desear sinceramente no pecar más. Si falta uno, no hay verdadero arrepentimiento. Por ejemplo, Judas admitió su pecado pero no lamentaba haber traicionado al Maestro (Mat. 27:3, 4). Estaba abrumado por el remordimiento, no por el arrepentimiento. Su confesión surgió por temor a las consecuencias, no por amor a Cristo.

Tan importante es que Juan el Bautista y Jesús comenzaron su ministerio predicando: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mat. 3:2; 4:17). Posteriormente, en su primer viaje misionero, los doce “predicaban que los hombres se arrepintiesen” (Mar. 6:12). Después de Pentecostés, Pedro exhortó a la multitud a arrepentirse (Hech. 2:38; 3:19).

Considera las fuertes palabras que usó Jesús para enfatizar la necesidad universal de arrepentirse a fin de ser salvo. ¿Qué mensaje nos está dando? Luc. 13:1-5.

Jesús afirmó la pecaminosidad de todos los seres humanos. Por lo tanto, instó a sus oyentes: “si no os arrepentís, todos pereceréis” (vers. 5). Sin arrepentimiento es imposible la redención pues su ausencia muestra que la persona rehúsa rendirse al Señor.

Pablo afirma que la benignidad de Dios nos guía al arrepentimiento (Rom. 2:4). ¿Qué significa eso? Podríamos partir un bloque de hielo en pequeños trozos, pero esos fragmentos todavía serán hielo. O podríamos colocar el mismo bloque de hielo cerca de un calefactor y se derretirá completamente. Así también el hielo de nuestro orgullo puede ser derretido únicamente si nos exponemos al calor de la bondad y del amor de Dios. Por eso, es crucial que nos detengamos tanto como sea posible en todas las evidencias que se nos han dado del amor de Dios por nosotros.

“No nos arrepentimos para que Dios nos ame, sino que él nos revela su amor para que nos arrepintamos” (PVGM 148).

¿Cuáles son las evidencias del amor de Dios? ¿Qué has visto, experimentado y aprendido, que te da poderosas razones para confiar en su bondad? ¿Por qué es tan importante recordar siempre esas razones, especialmente en circunstancias difíciles?

 

Martes 29 de julio:

Creer en Jesús

El verdadero arrepentimiento va de la mano de la fe en Jesús como nuestro único Salvador. Él habló frecuentemente acerca de la necesidad de creer en él a fin de recibir sus bendiciones. “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Mar. 9:23). La fe es esencial para ser salvos. Satanás lo sabe, y hace todos los esfuerzos posibles para que no creamos (Luc. 8:12).

¿Qué es creer, según Jesús? Es más que un sentimiento indefinido de que algo sucederá. Es más que un ejercicio mental. La fe salvadora no está vacía de contenido. Por el contrario, la fe tiene un objeto definido: Jesucristo. No es solamente creer en algo sino, especialmente, creer en Alguien. La fe es confiar en Jesús y en su muerte por nosotros; y creer en Jesús significa conocerlo, entender quién es él (Juan 6:69), y recibirlo personalmente (Juan 1:12).

Dios amó tanto al mundo que nos dio a Jesús para que todo el que verdaderamente cree en él tenga vida eterna. No obstante, su muerte no significa que todos se salvarán. Debemos estar cubiertos por su justicia. Al creer en él obtenemos su justicia, se nos da la seguridad de la vida eterna, y tenemos la gran promesa de que él nos resucitará en el día final (Juan 6:40).

A una mujer que había vivido una vida pecaminosa, Jesús le aseguró: “Tus pecados te son perdonados. [...] Tu fe te ha salvado” (Luc. 7:48, 50). ¿Qué significa eso? ¿Nos salva nuestra fe?

Según los evangelios, cuando Jesús sanaba a algunas personas, les decía: “tu fe te ha salvado” (Mat. 9:22; Mar. 10:52; Luc. 17:19). Sin embargo, él no estaba asignando ningún poder sanador a la fe propiamente dicha. Su fe solo era la confianza completa en el poder de Jesús para sanarlos. El poder de la fe no proviene de la persona que cree, sino del Dios en quien cree esa persona.

¿Por qué debemos entender bien la función de la fe en la oración, especialmente cuando pedimos la sanidad? ¿Por qué es incorrecto concluir, a partir de los versículos leídos hoy que, si no ocurre la curación que hemos pedido, es porque no tenemos suficiente fe?

 

Miércoles 30 de julio:

Aceptar el vestido de boda

Jesús dijo a la multitud algo que la debe de haber sorprendido y desanimado: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (Mat. 5:20). Difícilmente podría haber alguien más escrupuloso en la observancia de la letra de la Ley que los fariseos. No obstante, ellos fracasaron porque su conducta tenía el propósito de impresionar a los hombres más que agradar a Dios. Jesús nos advierte que no hagamos eso (Mat. 6:1).

Entonces, ¿de qué modo podemos ser justos ante Dios? La parábola de la fiesta de bodas nos muestra dónde está la fuente de la verdadera justicia.

Lee Mateo 22:2 al 14. ¿Por qué el rey quería estar seguro de que cada invitado estuviera vestido de boda para la fiesta? ¿Qué representa ese vestido? Isa. 61:10; Zac. 3:1-5.

El rey había provisto gratuitamente los vestidos de boda. Los que estaban allí habían sido invitados mientras viajaban por los caminos y, probablemente, no tenían un atuendo apropiado para la fiesta ni el dinero para comprarlo. Tanto la invitación como el vestido eran regalos del rey. Lo único que se requería para asistir a la boda era aceptar ambos regalos.

Desde la caída en el Edén, todo ser humano está desnudo espiritualmente. Adán y Eva se sintieron desnudos después de desobedecer e intentaron cubrirse cosiendo hojas de higuera, algo totalmente incómodo e ineficiente (Gén. 3:7). La mejor justicia que los esfuerzos humanos pueden lograr es “como trapo de inmundicia” (Isa. 64:6).

Al igual que en esta parábola, Dios provee el vestido que necesitamos. Él hizo túnicas de pieles para Adán y Eva, y los vistió (Gén. 3:21): un símbolo de su justicia cubriendo al pecador. También provee el manto de la justicia de Cristo para su iglesia, de tal manera que ella pueda estar vestida “de lino fino, limpio y resplandeciente” (Apoc. 19:8), sin “mancha ni arruga ni cosa semejante” (Efe. 5:27). Este manto “es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal” (PVGM 252).

¿Por qué debemos entender que nuestra salvación solamente es posible si estamos cubiertos con la justicia que Cristo nos da como un regalo? ¿Por qué necesitamos recordar esto siempre?

 

Jueves 31 de julio:

Seguir a Jesús

Cuando con fe reconocemos nuestra necesidad, nos arrepentimos, confesamos nuestros pecados a Cristo y le pedimos su justicia, llegamos a ser sus discípulos. Durante su ministerio, Jesús llamó a diferentes personas, tales como Pedro, Santiago y Juan, para que fueran sus discípulos; un llamado que significaba dejar todo a fin de seguirlo (Mat. 4:20, 22; Mar. 10:28; Luc. 5:28). En los evangelios, el verbo seguir llegó a ser prácticamente un sinónimo de ser un discípulo.

¿Qué dos elementos son esenciales a fin de ser un discípulo de Jesús? Juan 8:30, 31.

Algunas personas tratan de separar la fe en Jesús de la aceptación de sus enseñanzas, como si una cosa fuera más importante que la otra. Pero, Jesús no hizo tal distinción. Para él, ambos aspectos están íntimamente relacionados y son fundamentales para el verdadero discipulado. Un discípulo de Jesús está comprometido con Cristo y con las palabras de Cristo. Aunque siempre existe el peligro de enredarnos en cuestiones doctrinales y perder de vista a Jesús, también necesitamos estar en guardia contra el riesgo opuesto de pensar que lo único que importa es creer en Cristo.

¿Cuál es el elevado costo de ser un discípulo de Jesús? Luc. 14:25-27.

Jesús usó el verbo aborrecer como una hipérbole, queriendo decir “amar menos que a mí”. El texto paralelo en Mateo lo clarifica: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mat 10:37). Él debe tener el primer lugar en nuestras vidas.

¿Cuál ha sido, para ti, el costo de seguir a Jesús y ser su discípulo? ¿Qué revela tu respuesta acerca de tu relación con el Señor?

 

Viernes 1 de agosto

Para Estudiar y Meditar:

Lee “Un poder misterioso que convence”, El camino a Cristo, pp. 21-35.

“No podemos arrepentirnos sin el Espíritu de Cristo que despierta la conciencia, más de lo que podemos ser perdonados sin Cristo” (CC 24).

“Cuando contemplamos al Cordero de Dios sobre la cruz del Calvario, el misterio de la redención comienza a abrirse a nuestra mente y la bondad de Dios nos guía al arrepentimiento. Al morir por los pecadores, Cristo manifestó un amor incomprensible; y este amor, a medida que el pecador lo contempla, enternece el corazón, impresiona la mente e inspira contrición en el alma” (CC 25).

“El corazón humilde y quebrantado, enternecido por el arrepentimiento genuino, apreciará algo del amor de Dios y del costo del Calvario; y como el hijo se confiesa a un padre amoroso, así presentará el que esté verdaderamente arrepentido todos sus pecados delante de Dios. ‘Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad’ ” (CC 41).

Preguntas para Dialogar:

  1. Muchos tratan de ahogar su sentimiento de culpabilidad con alcohol, drogas, placeres mundanales, o llenando frenéticamente sus vidas con innumerables actividades. ¿Por qué ninguno de estos métodos es realmente efectivo? ¿De qué forma podrías ayudar a alguien que está en esa condición a encontrar la verdadera solución para la culpa?
  2. Es posible reconocer nuestros pecados sin tener “frutos dignos de arrepentimiento”. ¿Por qué eso no es verdadero arrepentimiento? ¿Cuál es el valor de esos “frutos”? ¿Son buenas obras realizadas a fin de obtener el favor de Dios? Explica tu respuesta.
  3. Medita en el hecho de que la justicia de Cristo es gratuita, pero no barata. Si bien no tenemos que pagar nada por ella, el Señor tuvo que pagar un precio infinito en la cruz. Piensa en cuán caídos somos y cuán serio debe ser el pecado, que salvarnos de este y sus consecuencias requirió algo tan “extremo” como la muerte del propio Hijo de Dios.
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